Ahora cualquiera puede pagar 9.99€ en Amazon y recibir la versión en papel de mi primer libro, Los reinos de brea.



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¿Ritos macabros realizados por negros y mestizos mencionados como inferiores? ¿Inteligencias inhumanas que se entrometen en nuestro mundo con propósitos incomprensibles, consiguiendo que las personas involucradas pierdan el juicio? ¿Misteriosos eruditos con aficiones sospechosas que incluyen el esoterismo y las antiguas civilizaciones? Uno de los relatos incluso hace referencia a Providence, Rhode Island. Cualquiera diría que he leído otro libro de Lovecraft, pero Hanns Heinz Ewers se trata de una de las influencias principales de Howard.
Me ha impresionado la variedad de las temáticas, de los escenarios y de los elementos incluidos. Ritos ocultos y sangrientos en lugares distantes del mundo. Sacrificios humanos. Suicidios. Desentierro de cadáveres. Necrofilia sobrenatural. Choques de culturas. Oscar Wilde. Un tronco animado. Lovecraft nunca se hubiera atrevido a presenciar en persona los ritos y ambientes que reflejaba en sus historias (no le culpo: yo tampoco), pero a Ewers debía gustarle la vida de trotamundos. La cantidad de detalles que incluyó hasta en las escenas más sangrientas sugiere que escribió los relatos a raíz de presenciar eventos similares. De lo contrario, alabo su talento como investigador.
A pesar de la calidad de los relatos de Ewers y de lo poco que han envejecido, hoy en día está olvidado debido a su vinculación con el nacionalsocialismo alemán, del que se distanció debido a su individualismo y a que le gustaban los judíos. Curioso criterio que seguimos en el Occidente moderno, teniendo en cuenta que muchos escritores e intelectuales del extremo político opuesto siguen leyéndose e incluso enseñan a nuevas generaciones desde sus torres de marfil en las universidades, sin que hubieran denunciado sus ideologías que derivaron a una represión casi inimaginable y centenares de millones de muertos.
Me gustaría que la portada hubiera quedado algo más nítida, pero creo que el servicio de Amazon no ofrece una calidad mejor. El mes que viene me distraeré con el proceso irritante de maquetar mi primer libro, Los reinos de brea, en InDesign.




A pesar del título, que la narradora sea lesbiana es incidental. Este manga recoge la lucha heroica de la autora desde el momento en el que deja la universidad hasta que, años después, siendo una mujer de veintiocho años que nunca ha tenido pareja ni ha conectado con alguien, decide que una prostituta bastará para proveer el contacto humano que ansía. De camino necesita vencer sus problemas mentales, que incluyen una ansiedad extrema, un desorden alimenticio, tricotilomanía, una tendencia a autolesionarse y ataques de despersonalización. Y los debe superar sola, porque ni su familia ni su terapeuta la entienden lo suficiente. Ha vivido toda su vida a través de un yo falso, uno que la autora creía que satisfaría a sus padres, hasta el extremo de que su yo real es una extraña a la que odia. Quizá sea autista también, pero nunca estoy seguro de si esa impresión la proyecto. A la autora le cuesta mantener trabajos a tiempo parcial hasta que consigue varios contratos como creadora de mangas, la única actividad que la llama de verdad. Por suerte, este manga fue un éxito. Espero que siga consiguiendo trabajo y que sostenga la felicidad que alguien en su situación puede.
El arte es agradable y hace su trabajo, pero yo habría preferido dibujos más detallados y serios para el tema tratado. Los ojos son enormes incluso para los estándares del manga, algo que me distrajo a veces.
Tengo una debilidad por la honestidad impávida. Desde que descubrí la existencia de esta obra quise conseguirla lo antes posible, dado que conecto principalmente con esa franqueza cruda que otras personas con problemas mentales incluyen en sus narraciones. Me alegro de haberla leído.
Tras un periodo tenso barajando las alternativas, ahora conozco la portada de mi próximo libro, Los dominios del emperador búho, otra colección con tres novelas cortas que publicaré esta semana.
La magnífica artista se llama Silvana Bossa.

A finales de 2017 vi por tercera vez la película de animación japonesa Kimi no na wa, de Makoto Shinkai. Se trata de una historia honesta y preciosa como faltan en la narrativa moderna. Supera con creces su género romántico, e incluye muchos aspectos que adoro de la narrativa japonesa. Parte de un concepto que para mí podría vender la historia al margen del resto de los elementos: un chico y una chica que viven a cientos de kilómetros empiezan de manera aleatoria a intercambiarse los cuerpos, pero cuando al día siguiente despiertan, olvidan la experiencia como si se hubiese tratado de un sueño. El fenómeno está relacionado de una manera sorprendente con el paso de un cometa. Tras verla ansié encontrar historias similares, y me pregunté por qué no había vuelto a la fuente para descubrirlas.
De joven me encantaban las historias japonesas, bien leídas o animadas. Se encontraban entre mis favoritas junto a los libros de Crichton, Pratchett y otros. Pero las historias japonesas ofrecían elementos que faltaban en las occidentales. Esas ciudades y pueblos que nunca visitaré, con sus cigarras y sus cerezos en flor, me provocaban una nostalgia que nunca he sentido por mi propia juventud. La mayoría de esas historias te presentaban a un grupo de amigos, o de conocidos al menos, con personalidades curiosas que lucían gracias al espacio que la narrativa cedía. Las tramas revolucionaban mi imaginación con sus conceptos ambiciosos y su creatividad casi infantil, en el mejor de los sentidos. Creo que a la magia contribuía el mismo país, Japón, con una cultura que parece haber fluido sin alterar su esencia desde hace más de mil años, a pesar de la influencia occidental. Aunque sufra de problemas significativos como el envejecimiento de la población o la competencia laboral extrema, parece tratarse de un país en el que puedes formar una familia confiando en que para cuando crezcan vivirán en un entorno similar al de sus padres. Eso contrasta con nuestra vida europea, en la que gracias a los flujos migratorios y unos gobiernos que parecen despreciar a los autóctonos, en cuestión de diez años otra cultura podría dominar tu entorno. La estabilidad y homogeneidad japonesa, que además favorecen una criminalidad baja, libran a sus ciudadanos para que construyan sus pequeños imperios sin temer que tras descuidarse por un momento fueran a descubrirlos destruidos.
Dejé de consumir la narrativa japonesa, además de otras obras de arte que me interesaban, durante una relación romántica. Gracias a mi falta de autoestima, reducí mis opciones al arte que a ella pudiera gustarle. Durante estos últimos años apenas había visto un par de películas de Miyazaki. No necesito explicar lo bueno que es. Pero en estos meses me obsesionado buscando y consumiendo una multitud de series de animación japonesas, además de unas pocas películas, para averiguar cuáles han merecido la pena desde el 2000. Resulta que, salvo por Cowboy Bebop, Serial Experiments Lain y quizá un par más, la mayoría de las mejores series se han producido en los últimos casi veinte años.
Cuesta recomendar el anime a alguien que lo desconoce. Suele incorporar elementos comunes que a muchos les encantan, algunos los toleran y otros preferirían que se decidieran a descartarlos. Se tratan de elementos como unas expresiones faciales extremas que arruinan el tono (como al menos en el principio de Fullmetal Alchemist: Brotherhood), los planos gratuitos de chicas con poca ropa (que no me molestan salvo cuando también se cargan el tono), la pedofilia más o menos explícita (como la “lolita gótica” de Gate: Jieitai Kanochi nite, Kaku Tatakaeri, además de parte de Anohana) y el episodio al parecer obligatorio que consiste en parar la narrativa para que los personajes visiten una playa o unos baños termales; abundan los planos con los personajes medio desnudos, y a menudo algún personaje serio acaba borracho (ese aspecto me hizo rebajar mi puntuación mental de Re: Creators, una serie que salvo por ese capítulo y un personaje que se trata de la peor caricatura que he visto de todas las series, se llevaría un nueve). Una serie carente de esos elementos, salvo por una única instancia que recuerde, se trata de Attack on Titan, aunque de esa serie a muchos los molestará el tono nihilista y las masacres que se producen. Pero de las series modernas han desaparecido otros elementos que destrozaban las series en los ochenta y principios de los noventa, como los capítulos en los que apenas pasaba que un par de personajes se enfrentaban mientras se amenazaban en sus monólogos internos (Dragon Ball Z), o tardaban veintipico minutos en conseguir algo que tardarías unos tres en la vida real (Captain Tsubasa). En general, la mayoría de las series de animación japonesas incorporan conceptos y situaciones que impiden que se pueda producir una versión razonable con actores reales.
Entre todas las series que he descubierto prefiero Attack on Titan (Shingeki no Kyojin), una historia que encaja casi a la perfección con cómo veo el mundo. Pero también me he quedado con otras. Algunas de esas series no las he visto enteras, pero sí lo suficiente para considerarlas en las listas.
Me han encantado:
Me han gustado:
Me han entretenido lo suficiente:
Pero también me han decepcionado otras, un par de ellas muy populares:
Norwegian Wood, de Haruki Murakami, se trata de la única historia fuera del anime que me ha provocado la misma sensación indefinible. Dudo que se trate de una casualidad que Murakami sea japonés, aunque las novelas de otros autores japoneses no han reproducido esa sensación. No me explayaré más sobre esa novela, porque la mayoría lo he dicho en la entrada que escribí en Goodreads.
Se me ocurrió escribir esta entrada cuando acabé de ver ReLIFE hará unas semanas. Aunque esa serie se aleja de la perfección, incluye la mayoría de los aspectos que para mí crean esa magia. Arranca con un concepto curioso y provocativo: en un futuro cercano, una empresa, asumo que asociada con el gobierno, ha preparado un programa para reincorporar al mundo laboral al número creciente de personas de veintimuchos o treinta y tantos que han perdido el empleo y detestan sus vidas. Esas personas se sienten aisladas socialmente y las aterra volver a enfrentarse a la presión laboral que han experimentado. Para solucionarlo han creado una medicina que rejuvenece exteriormente a esas personas de vuelta a la adolescencia, y también incorporan al experimento algún método para borrar ciertas memorias. No se molestan en explicar cómo lo han conseguido, así que la historia entra dentro del género de la ficción especulativa o fantasiosa en vez de la ciencia ficción. El plan consiste en que un trabajador social acompañe al conejillo de indias, llamado Arata Kaizaki, de vuelta a vivir un año entero en el instituto, para resocializarlo, para que recupere la confianza en sí mismo además de cierta esperanza por el futuro. En función de su rendimiento, al final del experimento se le ofrecerán varios trabajos, pero como punto negativo, cuando la experiencia acabe, la empresa borrará a Kaizaki de los recuerdos de todos sus compañeros de clase. Esas experiencias sólo sobrevivirán en la mente del trabajador social y del conejillo de indias.
Obviamente, ningún gobierno del primer mundo aprobaría meter a un veinteañero en un instituto por muy joven que pareciera, y mucho menos borrar la mente de dos docenas de personas sin su autorización, pero ese concepto genera una buena historia. Alguien con menos talento hubiera convertido la historia en una serie de encuentros en los que el protagonista intenta tirarse a otra adolescente, pero nunca va por ese camino. (SPOILERS) El protagonista aprende a confiar en su capacidad de juicio y en sí mismo mediante la oportunidad, aplicando su experiencia, de mejorar las vidas de los estudiantes con los que congenia. A la par, el protagonista conoce a otra joven muy peculiar, una chica llamada Chizuru Hishiro y con problemas sociales severos. Parece incapaz de leer a los demás ni las situaciones sociales. Junto a otros aspectos de su personalidad asumí que era autista, pero a diferencia de mí, ella quería casi a la desesperada hacer amistades. Descubrimos que Hishiro es otro conejillo de indias que vive el mismo experimento que el protagonista. Se trata del segundo año que lo intenta, ya que en el primero fracasó en conectar con alguien. En el transcurso de la serie, el protagonista ayuda a esta chica y, de manera previsible, se enamoran. Pero el experimento acabará con cada uno borrado de la memoria del otro. El final te enternece, y si has leído esto sin haber visto la serie, o si la has visto y te apetece recordarlo, aquí tienes la escena final. Por las similitudes obvias, me pregunto si se inspiró en Kimi no na wa o si se trata de una casualidad. (/SPOILERS)
Esta historia se diferencia de las occidentales en que todos los personajes implicados caen simpático. Sus personalidades entran en conflicto, pero hasta los trabajadores sociales, encargados de obstaculizar a los conejillos de indias además de borrarles la memoria de sus nuevas amistades, son buenas personas. (SPOILERS) En una de las mejores escenas de la serie, Hishiro había acabado el experimento, y la trabajadora social encargada de dormirla y borrarle la memoria, de una manera que me recordó a Eternal Sunshine of the Spotless Mind, se preparaba cuando descubre que Hishiro, a sabiendas de que lo olvidaría todo, se había escrito en una mano “Estaba enamorada de Arata Kaizaki”. La propia empleada se echa a llorar sabiendo que ahora que lo ha visto tendrá que borrarlo. (/SPOILERS)
Las historias japonesas sugieren un aspecto trágico de esa sociedad. Sus vidas parecen acabar para la mayoría, incluso en el aspecto intelectual, cuando se incorporan al mundo laboral. Las pocas historias que incluyen a veinteañeros o treintañeros los transportan a entornos muy diferentes, o se tratan de personas que han perdido o dejado el trabajo y viven sin rumbo (ReLIFE, Recovery of an MMO Junkie). Yo he detestado todos mis periodos laborales. No imagino cómo me hubiera sentido añadiendo más horas y presión, hasta el punto de que en la sociedad japonesa parece considerarse algo respetable quedarte dormido en público, como señal de que has rendido mucho en la oficina. Cuando una debacle laboral mía me generó la necesidad de escribir cierta historia (La ciudad ahogada, la segunda de mi libro Los reinos de brea), la situé en Japón aunque nunca lo he visitado; la novela que estoy escribiendo ahora se trata de la primera que transcurre en sitios que conozco personalmente. Mi subconsciente eligió Japón para esa historia, pero para mí el ambiente de asfixia, la somnolencia casi perpetua y la desesperanza hacia el futuro del protagonista encajaban bien.
Desde que veo estas series he querido incorporar esa magia en alguna de mis historias futuras. Algún concepto maravilloso, incluso absurdo y demencial, que involucre a un grupo de personajes simpáticos con espacio para lucir sus personalidades peculiares. Pero de momento tendré suerte si acabo la novela actual para el año que viene.
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