Relatos para talleres

Balleneros

A cincuenta metros al noroeste de nuestra barca, de las arrugas jade del mar, que las crestas y los acantilados nevados delimitaban, emergió el lomo negro de una ballena. La cola irrumpió a la superficie chorreando, y al caer enseñó las manchas blancas de la cara interior.

Grité ballena, pero el capitán señalaba las olas de agua sacudida, y los remeros se coordinaron para virar hacia la turbulencia donde la ballena se había sumergido. Las aberturas de los abrigos de los remeros exhalaban un vaho blanco que hedía a sudor.

Los otros dos barcos maniobraron en una danza para ocupar los vértices de un triángulo, que atraparía la ballena en el centro. Se distanciaron para evitar que chocásemos.

Estreché el mango de madera de mi arpón, alzando la punta ganchuda. Parpadeé mientras las olas rociaban mi cara en soplidos helados que irritaban mis ojos.

Me estiraba para distinguir sombras bajo las arrugas del mar cuando el lomo negro sobresalió como una lengua de su boca. Costras blancas moteaban la piel, parásitos pegados. Volvió a sumergirse. Los remeros se debatían y voceaban. Nuestra barca rompió las aguas en paralelo a la estela de olas que la ballena había levantado. El capitán avisó que nos preparásemos.

Sostuve el arpón en horizontal sobre mi hombro. Por la punta de metal arañado y gris resbalaban gotas. Separé las piernas. Atendí sin parpadear a las aguas, tenso como un muelle.

El lomo negro emergió. Dos arponeros y yo lanzamos en arco los arpones, que arrastraron los cabos atados a sus colas. Los arpones subieron y bajaron en parábolas, y el torbellino de agua por donde la ballena había desaparecido los tragó. El cabo del arpón de un compañero se tensó, atado a un mástil, y del tirón la barca bamboleó.

Clavé una rodilla en la cubierta. Alcancé otro arpón.

La ballena asomaba el lomo, debatiéndose. Chapoteaba, salpicaba espuma como olas rompiendo. Su cabeza, que la espuma desdibujaba, se había emparchado de una costra color alga y cera.

Las otras dos barcas se acercaban, ciñendo el hueco entre las tres.

Un arponero y yo arrojamos nuestros arpones contra el lomo. Mi arpón se hincó a un palmo de la espina dorsal. Su cabo oscilante tendió hasta nuestra barca. Agarré las fibras ásperas y nudosas con ambas manos y tiré.

La ballena se zarandeó. De un golpe fuerte, nuestra barca retembló. Quise preguntar si debía preocuparme. El arponero que me acompañaba apuñaba otro arpón, y los remeros de ambas filas se asomaban sobre los hombros del de enfrente.

La ballena se debatió para avanzar, empujando olas contra las barcas. Tres arpones, que conectaban con mi barca y con la opuesta, descollaban de su lomo como espinas. La ballena se sacudió y su cola enredó el cabo que enganchaba la barca opuesta. Del tirón, un marino se precipitó sobre un remero a las aguas. Sus compañeros rompieron en gritos. Varios remeros se encorvaron sobre la tabla de borda mientras el cabo tirante arrastraba la barca.

La ballena azotaba su cola en un torbellino de espuma que saltaba sobre nuestras cabezas. Chapoteaba con el estruendo de una cascada. El cabo que yo asía se escurrió entre mis palmas, raspando la piel en un dolor ardiente. La ballena rodó. Enrolló los cabos con su lomo como bobina, tirando de nuestras barcas.

Los arponeros de la barca opuesta se equilibraban de pie y sopesaban los arpones sobre sus cabezas. La cola se sacudió entre los botes en un borrón negro y blanco. Cuando los arponeros latiguearon los brazos derechos hacia delante, sus arpones volaron como dardos.

Tiré del cabo suelto de uno de los arpones hundidos, hasta que el arpón cayó a la cubierta. Me agaché y lo recogí. La cola de la ballena embistió el costado de nuestra barca y me tambaleé de lado. La barca se columpió. El arponero a mi vera se precipitó sobre los remeros y me asió del abrigo como deseando que lo acompañara. Volé sobre la tabla de borda.

Boqueé para respirar, pero el agua helada me devoró en un rugido, inundando mi boca. Una explosión de frío me cegó y sus cuchillas rajaron mi cuerpo. Desde lejos llegaban golpes en madera, gritos y chapoteos. Me abismaba hacia una negrura creciente.

El arpón que sujetaba quería hundirme con él. Lo solté. El cabo subía hacia el cielo de esas aguas negras. Trepé con mis brazos insensibles.

Emergí a una brisa helada, a gritos. Habitaba el cuerpo de otro. Me agarraron de la espalda del abrigo, de los brazos, de las axilas. Al respirar, por mi nariz entraron gotas como carámbanos. Apenas necesité esforzarme para que mi cuerpo remontara la tabla de borda. Caí sobre la cubierta y rodé de costado.

Alguien me habló. Dos caras se recortaban negras contra el cielo gris.

Me abrumaron escalofríos como si hubiese dormido a la intemperie durante la noche más fría de invierno. Mis dientes castañeteaban.

Dos marinos de mi barca sostenían sobre el costado la cola de la ballena. El capitán anudaba un cabo bajo las curvas de la cola para que al navegar hacia el puerto, el cabo arrastrase el cadáver. Un marino afilaba un cuchillo plateado.

Me arrimé con los músculos ateridos a la línea de remeros. Uno de ellos, que jadeaba, me palmeó en el hombro.

El lomo de la ballena flotaba quieto. La piel se había encostrado de un blanco como moho. De las puntas hincadas de los arpones brotaba sangre.

Me recosté tiritando contra un mástil. Me arrebujé en mis ropas empapadas mientras la brisa helada rozaba mi cara. Cerré los ojos, pensé en mi casa.

* * *

Baila y baila

Cada vez que veo a mi tía me contengo de contarle cómo morirá. Que en dieciséis años tropezará bajando escaleras y dos pisos por debajo se partirá el cuello. Evito contarle a mi hermano Untu que en siete años, tras volar del cañón durante el espectáculo de una tarde, cuando de noche salga al aparcamiento un individuo exigirá su cartera, y antes de que Untu la saque, el individuo lo acuchillará.

Descubro el momento en cada persona que conozco. Durante el espectáculo del circo mi puesto consistía en revelar a un miembro del público si en unos días encontraría un objeto o se reencontraría con un conocido, mientras yo apartaba de mi mente la escena que lo aguardaba al final del camino.

Cuando una visión me advirtió que una asistente, al salir del espectáculo, montaría en su coche y un camión empotraría la cabina contra ella, la convencí para que subiera a un autobús. Al día siguiente un camión rompió de frente contra su coche. Quizá por eso, entre espectáculo y espectáculo me retiraba a mi trailer y pintaba en lienzos sonrisa tras sonrisa.

Mi tía me ayudó a estudiar. Me había obsesionado con una escuela de baile de París. Gracias a mi tía recibí en el correo el título de secundaria que me exigían para admitirme en las pruebas de acceso.

La bailarina que me precedió acaba sus piruetas, una bailarina que en cuarenta y dos años morirá de una enfermedad nueva en un país que todavía no existe. Mientras se aparta, el instructor me llama y me ofrece el escenario.

Vestida con las mallas y mis zapatos de ballet, respiro hondo y desfilo al centro.

El instructor me sonríe y me dice que cuando quiera empiece. En un año y tres meses se encerrará en un baño, apretará el cañón de una pistola contra su sien y apretará el gatillo.

Bailo, giro y salto. Todo conocimiento vuela en un remolino de luz y color a mi alrededor, un mundo que mientras baile y baile nunca morirá.

* * *

Hashtag

Itziar estrujó los reposabrazos del asiento de la máquina del tiempo mientras los vaivenes del trayecto bamboleaban la carrocería. Atendía sin parpadear al indicador que brillaba en la negrura, enseñando la fecha del 1 de Julio de 1497.

Florencia. Pasearía por sus calles. Se fijaría en cada paseante. Los hombres con sus jubones y gorgueras, las mujeres con sus vestidos con faldas de campana hasta los tobillos. Se esforzaría por distinguir palabras de ese italiano antiguo. A escondidas fotografiaría las muchedumbres. Los edificios. La catedral de Santa María del Fiore, la Basílica de San Lorenzo. Se esfumaría sin dañar a nadie, sin apartarlo de su camino, a riesgo de romper el largo hilo de causa y efecto.

El interior de la máquina del tiempo se alumbró en un parpadeo. Una sacudida zarandeó a Itziar, golpeando su cabeza contra la pared curva. La mujer parpadeó para aclarar la vista. Los números del indicador se sucedían en borrones. Itziar, maldiciendo, tanteó en la oscuridad el panel de control. Pulsó los botones que debían resetear el indicador, pero los números volaban.

La máquina del tiempo chocó con un crujido metálico, estrujando a Itziar contra las sujecciones, sacudiendo sus vísceras. La máquina del tiempo rodó por una pendiente. La mujer, atada, volteaba. Boca arriba, boca abajo. Frunció los labios. Su estómago rompía contra su garganta cerrada en oleadas.

La máquina del tiempo paró de golpe y la puerta se abrió. Irrumpió un viento cálido y el estruendo de una tormenta.

Itziar respiró hondo. El indicador mostraba guiones en vez de dígitos. La mujer se estremeció. Toqueteó el panel, pero ninguna combinación de pulsaciones lo resucitó.

Apoyó la nuca en el respaldo. Tranquila. La máquina del tiempo vino con un manual de instrucciones para estas eventualidades.

Salió afuera. El aire caliente cargó sus pulmones como la atmósfera de un terrario que imitase una jungla tropical. Dejaba un regusto a azufre. Itziar tosió.

La rodeaba un pantanal que en la lejanía se perdía en una bruma parda. En el horizonte se elevaba la mole de un volcán de cuya boca subía un pilar de humo negro y gris que cada unos segundos relampagueaba. Un tapón de nubes grises cubría el cielo, sumiéndola en un atardecer.

Durante dos horas, Itziar trasteó con las entrañas de la máquina del tiempo. Alternaba entre asomarse al interior para comprobar el indicador y volver a escurrirse fuera. Trastocó cables, probó combinaciones de interruptores, siguiendo el manual. Nada revivió el panel.

Se alzó sudorosa ante la máquina. Tranquila. Optimismo. Quizá haya aterrizado en un mal sitio.

Sacó el móvil y estudió su cara con la cámara frontal. Frotó las motas de ceniza, que caía del cielo como nieve.

Vagó por el paisaje pisando los puentes de tierra entre pantanos, de los que se disparaban racimos de juncos con amplias palmas amarillentas. Andó durante horas, sudando, respirando como si hiperventilase, sin que el paisaje cambiara.

La luz se apagó hasta abismarla en una noche cerrada. Itziar bebió agua empantanada que sabía a fango, se tumbó junto a la orilla y durmió mientras los cielos tronaban y la tierra bajo su mejilla retemblaba.

Despertó hambrienta. Había amanecido otro día encapotado con la luz de un atardecer. El volcán se erigía como un grano kilométrico, y por sus pendientes resbalaban lenguas de lava como queso quemado.

La mujer deambuló durante horas, desconociendo si volvía sobre sus pasos, por un paisaje de pantanos indistinguibles, hasta que oyó el ruido de olas rompiendo. Corrió. Entre la niebla surgió una costa. Unas olas de metro y medio saltaban sobre pilas de rocas.

Itziar siguió la costa hasta que topó una playa. Gateó al agua y bebió. Raspó el sabor a huevos podridos. Se tumbó. Las mantas de olas la mecieron.

Despertó desconociendo cuánto tiempo había pasado. Sus tripas se retorcían. Itziar gateó, hundiendo los brazos en la corriente fría, buscando sombras en el agua que sugiriesen peces. Un par de horas después desistió. Se tumbó rendida, tiritando.

Abrió los ojos a un abismo. Sacó el móvil, activó la linterna y alumbró la arena empapada. Cadenas de truenos retumbaban. La burbuja de luz destacó copos de ceniza que caían en vaivenes. En la frontera del agua distinguió una silueta del tamaño de un pie. Itziar gateó hasta ella. Una salamandra paticorta color carne. Sus ojos grises parecían ciegos.

Un retorcijón de hambre vidrió los ojos de Itziar. Para volver a su tiempo, necesitaría recargar energías.

Agarró el cuerpo de la salamandra, que meneó las patas y la cola como somnolienta. Itziar guardó el móvil en el bolsillo de la blusa y cerró los ojos. Su corazón dolió. Lo siento. Rodeó con la otra mano la cabeza de la salamandra y partió el cuello con un crujido. Tardó diez minutos en hincar los dientes en la tripa y arrancar bocados de vísceras calientes.

Se sentó mientras una ola remojaba la arena a su alrededor. Posó el cadáver de la salamandra sobre su muslo. Sacó el móvil. Activó la cámara frontal. Ceniza había manchado la cara de Itziar y por las comisuras de su boca resbalaban hilillos de sangre. Forzó una sonrisa y separó el índice y el corazón en el símbolo de la victoria.

Disparó la fotografía. El flash la deslumbró. Escribió la nota de la fotografía con sus dedos temblorosos. Venciendo los elementos. Hashtag ModoPalanteOn.

Itziar desapareció. El móvil cayó a plomo, pero antes de hincarse en la arena empapada, se borró.

Una ola que rompía despegó la salamandra de la arena y la resaca la tragó.

* * *

El pozo

—Preferiría guardármelo. No me gusta siquiera recordarlo.

—¿Se lo has contado a alguien?

—No, aunque nadie me había preguntado.

—Si te apetece contárselo a otra persona, te escucharé.

Luis ladeó la cabeza y golpeteó el pavimento con un talón. Cuando abrió la boca, sus labios chasquearon.

—Delante de un café.

Se habían acomodado al fondo de una cafetería y les habían servido sus cafés. Luis se encorvó y bajó la voz.

—Sabes que mi turno empezaba al mediodía, ¿no? Que salía de noche.

Ainara asintió mientras sostenía la mirada del hombre, que sacudió la cabeza.

—Cruzaba el aparcamiento hacia mi coche, aparcado a una calle, y había rebasado la barra de la entrada cuando el paisaje se emblanqueció. En vez de como si un relámpago hubiese roto, como si los colores se hubieran borrado. Cuando espabilé yacía boca abajo. Me empecé a levantar, pero un mareo me sobrecogió y vomité. Me tambaleé hasta mi coche. De lo poco que dormí esa noche, me recuerdo asomado a un abismo, un pozo, desde cuyo fondo alguien llamaba. Cuando faltaban un par de horas para salir de casa hacia el trabajo, yo carecía de energía, y sabía, como si lo hubiese razonado durante semanas, que debía dejarlo. Llamé a mi jefe y me despedí.

Ainara se retrepó en la silla y meneó la cabeza despacio.

—¿Y qué haces ahora?

—Escucho. Tumbado en la cama, he cerrado los ojos. En las tinieblas se perfila la negrura más oscura de un pozo. Presto atención a las voces que suben y, como si fuera mi trabajo, me repito sus dictados. La oscuridad se coagula en formas. Asoman colores. Las figuras fluyen como reflejos de agua. Los ruidos de mi apartamento desaparecen mientras mi consciencia flota en un mar. Entre las figuras se mueven personas, centenares de caras que me suenan como recuerdos implantados durante un déjà vu. Algunas de las personas paran, me abordan, me hablan. Cuando he atendido lo suficiente, sus voces y figuras retroceden, y los colores se apagan como en una fotografía velada.

Luis llenó sus pulmones. Lo envolvía una oscuridad y sonaba el clac de un reloj. Cuando coordinó su mente licuada para abrir los párpados, en el techo se dibujaron la lámpara y las dos grietas que partían de su base. Luis maniobró para incorporarse en el colchón y volverse, arriesgándose a que su consciencia se derramase por sus oídos. En la penumbra que las cortinas echadas sostenían, distinguió los bolos de ropa sucia tirados por el suelo, y olió el hedor a podrido de los platos de comida apilados.

Bajó al piso y navegó entre la ropa tirada hasta que alcanzó el escritorio. Se desplomó en la silla. Pasó las hojas del cuaderno hasta la primera página vacía, se encorvó, cogió el bolígrafo y empezó a anotar cada detalle.

* * *

Pijama

La barrera de energía de la jaula teñía a la criatura de rojo. Se había encogido contra una esquina en un bolo. Del extremo superior caía una cascada de filamentos marrones claros, y el resto de su cuerpo lo cubría un pelaje azul, por el que se repartían símbolos que sugerían estrellas y planetas. Los temblores y las sacudidas de la criatura revelaron que tenía cuatro extremidades. En un momento en que volvió la cara, distinguí dos ojos y una boca, y en el centro una protuberancia en cuya parte inferior se habían abierto dos orificios. La miríada de filamentos marrones claros partían de la parte superior de la cabeza, aunque el resto lucía pelada. Cuando la criatura ojeó a los dos operarios que esperaban en el exterior de la jaula, emitió una serie de chirridos y se encogió contra su esquina mientras tiritaba.

Yo había visto demasiadas criaturas exóticas para que otra me sorprendiera, pero ese pelaje azul había atrapado mi atención. Envié una solicitud de comunicación al cazador, alzado entre el público tres filas por delante. La aceptó.

—¿Te ha costado mucho traer esta criatura? —dije.

—Ojalá. Ha sido una de las capturas más aburridas de mi carrera. La estrella de su sistema está en la mitad del desarrollo, y la atmósfera de su planeta se compone de nitrógeno y oxígeno, con trazas de argón y dióxido de carbono.

Seguía hablando, pero lo paré.

—¿Qué opinas de esas figuras grabadas en su pelaje? ¿Algún tipo de identidad tribal?

—Por lo que recopilamos de su red de comunicaciones, lo llaman pijama. Lo usan de vestimenta reglamentaria durante un periodo de inconsciencia diario. Cuando su estrella ilumina el otro lado del planeta, estas criaturas reducen sus funciones al mínimo durante horas. Habíamos subido este ejemplar a la nave antes de que descubriera que lo habíamos capturado.

—¿Cómo ha podido sobrevivir esa especie si sus procesos biológicos neutralizan las defensas durante varias horas al día?

—No sólo esa especie. La mayoría de las que han evolucionado en ese planeta. Durante los millones de años de su evolución, quienes los habían visitado se habrían compadecido.

Los operarios de control apagaron la barrera de la jaula. Me despedí del cazador y me espeté. Los operarios se acercaron al rincón donde la criatura se encogía. Cuando los vio, se desvivió por emitir chillidos y repetir una vocalización. Se escurrió hacia otro lado de la jaula, pero los operarios atenazaron las extremidades superiores de la criatura con los ganchos y tiraron de ella hacia la entrada del circuito. Los ojos de la criatura, blancos y con un círculo negro en el centro rodeado por un aro verde, se movieron en sus cuencas para enfocar a los cientos de operarios que llenaban las gradas. La criatura contorsionaba su boca repitiendo una verbalización mientras las comisuras de sus ojos segregaban un líquido que le mojaba la cara.

Recibí una transmisión de Operario SH-355, y la acepté.

—¿Crees que está intentando comunicarse con los operarios de control?

—Qué más da.

Condujeron a la criatura empujándola y sacudiéndola con electricidad hasta que la encerraron dentro del circuito y activaron a su espalda la barrera de energía. La criatura temblorosa miró en derredor. Remontó la pendiente hasta la primera prueba, la piscina de ácido. Paró en la orilla y oteó el extremo opuesto del circuito. Esperaba abierto.

Cuando la criatura sumergió el extremo de una extremidad inferior en el líquido, chilló y saltó hacia atrás, cayendo al suelo. Chirriaba por la boca y sacudía la extremidad herida, cuyo extremo se consumía, hasta que la criatura reparó en que a su espalda el muro se acercaba para empujarla al ácido. El ejemplar se alzó sobre la otra extremidad inferior y se fijó en la pasarela superior que otras especies habían usado para salvar la piscina, pero esta criatura acabó cogiendo carrerilla, pisando con su extremidad que se desgastaba, y saltando la piscina. Cuando aterrizó al otro lado, los cientos de operarios que llenaban las gradas se menearon de satisfacción.

Recibí otra solicitud del operario anterior, pero la rechacé para concentrarme en cómo la criatura se deslizaba, ladeándose, entre las rejillas láser. Superó los dardos, los derrumbamientos y las cuchillas, y cuando algún operario invisible soltó en la arena al par de criaturas de la semana pasada, junto a tres desintegradores, la criatura nueva tardó unos segundos en reventar a sus predecesores. Mientras los cientos de operarios se meneaban, la criatura alcanzó el final del circuito tiritando y arrastrándose. El remate de la extremidad inferior que había sumergido en la piscina se había consumido hasta desnudar una estructura blancuzca. Una docena de rajas le habían cruzado la piel y el pijama, que se teñían de un líquido rojo.

Los dos operarios de control agarraron con los ganchos las extremidades superiores de la criatura. Mientras la arrastraban a su jaula, de la boca del ejemplar escapaban quejidos entrecortados. Los operarios activaron la barrera de energía. La criatura se arrastró hasta su esquina y, agarrándose las extremidades inferiores con las superiores, se encogió a una bola temblorosa.

Yo seguía las corrientes de operarios que abandonaban las gradas. ¿Qué tal rendiría esta criatura en el circuito de mañana?

* * *

El reinado eterno

Desde el costado del claro, saliendo de la penumbra, avanzó una figura masculina y robusta arrebujada en una túnica de terciopelo púrpura. En el hueco ovalado y ensombrecido de la capucha faltaban las facciones, como si se hubiese tapado la cara con una máscara o la hubiera embadurnado de negro.

Los miembros del círculo, encapuchados y cabizbajos, se habían cogido las manos sobre el abdomen y miraban la hierba. Los imité, aunque de reojo seguía cómo la figura púrpura se acercaba al trono dispuesto ante el tótem, en el que habían tallado la figura imponente de un búho con las alas desplegadas, algún dios animista.

El hombre de la túnica púrpura se encaramó al trono y tras acomodarse agarró los reposabrazos. Aunque encaraba el círculo de asistentes, el hueco de su capucha seguía opaco. El hombre habló con una voz distorsionada electrónicamente.

—Un año más nos reunimos, y como el resto de los años, con motivo para celebrar. De este a oeste del planeta, en cada nación estado, cada cuatro o cinco años los ciudadanos acuden a las urnas creyendo que pueden cambiar su futuro votando a uno u otro candidato que hará lo que nosotros le dictemos. Convencidos de que han hecho lo necesario para solucionar los problemas que identifican, vuelven a volcarse en el fútbol, a atontarse con los medios de comunicación. Les seguirá aterrorizando pensar fuera de las fronteras que nosotros hemos marcado. Llenarán las redes sociales de selfies y fardando de algún objeto material algo mejor que el del vecino, mientras que todas las posesiones siguen cayendo poco a poco en nuestras manos. Celebremos otro año de poner y deponer reyes, de erigir y colapsar imperios.

Los miembros del círculo entonaron al unísono un cántico con notas graves. Lo seguí como pude, en bajo, obedeciendo la recomendación de mi sponsor: imita lo que veas y oigas y elude llamar la atención.

—Hoy daremos la bienvenida a un nuevo miembro del círculo. Benoît de Rais, avanza hasta el centro.

Cuando alcé la mirada enfrenté cómo la figura imponente del hombre encapuchado erguido en el trono extendía una palma hacia mí, señalando a la vez el centro del claro. Me sobrecogió un escalofrío. Espetado, avancé hasta el centro, y como perros entrenados, los miembros del círculo se acercaron y posaron una mano en algún espacio libre de mi torso.

—Benoît de Rais —dijo el hombre del trono—, brillante economista y político belga. Desde hoy, y tras la desafortunada muerte de su predecesor, será nuestro enlace para determinar el futuro de esa nación. Bienvenido al círculo.

Cuando los miembros se separaron de mí y retomaron sus puestos en el círculo, el hombre sentado en el trono se levantó. Sujetaba un cáliz grande como un trofeo. Marchó con pasos pausados mientras unos criados, de manera sincronizada, empujaban una mesa con ruedas hasta que la interpusieron entre el hombre del trono y yo. Sobre la mesa habían dispuesto un cofre, como un artefacto medieval, junto a una fuente llena de agua. El hombre arrebujado en la túnica púrpura se alzaba al otro lado de la mesa, a unos palmos de mí, pero su capucha se abría a un agujero negro en el que faltaban los detalles de rasgos. El hombre abrió el cofre. Dentro relució, a la luz de las antorchas que delimitaban el claro, un montón de monedas de oro. El hombre apuñó una docena y la soltó en el agua. Se acomodaron en el fondo. El hombre llenó el cáliz de agua y lo alzó hacia mí de manera ceremonial.

Lo sopesé con ambas palmas, sintiendo el metal templado y que en su superficie habían realzado relieves con figuras que no me interesaba conocer. Fijé mi mirada en la oscuridad dentro de la capucha del hombre. Sin parpadear, bebí un trago largo. El líquido dejó un regusto metálico y amargo, y cayó por mi faringe irritándola como si le aplicara una capa de pintura.

Mientras el hombre del trono bebía a su vez, en mis oídos latían palpitaciones como golpes en un tambor. Afiancé las piernas. A la vez que me resistía a despegar la vista del hombre en la túnica púrpura, seguí de reojo cómo el resto de miembros del círculo se acercaban, se apretujaban en torno a la mesa y a nosotros, hundían sus cálices en el agua y bebían. Los miembros se retiraron, como sirvientes, de vuelta a las sombras.

Yo había empezado a temblar cuando el hombre del trono se encorvó y apoyó en la mesa. Su frente, igual que la mía, habría empezado a supurar un sudor frío.

—¿Qué es esto?

Abrí la boca y hablé con una voz raspada.

—Os tocaba.

El hombre se irguió de golpe. Tras clavarme una mirada, se ladeó hacia la salida del círculo y llamó a los criados.

—Nadie vendrá —dije mientras me recostaba en la mesa y mis piernas se aflojaban.

A los costados y a mi espalda sonaban quejidos y toses flemáticas. El hombre del trono arrojó la mesa a un lado como quien espantase una mosca, volcando el cofre y el bol, y las monedas empapadas se desperdigaron por la hierba. El hombre, encorvado, se adelantaba hacia la salida, pero lo intercepté. Con mis manos hormigueantes lo agarré del pecho de la túnica. El hombre soltó un rugido. En un parpadeo, sus manos me atenazaban la garganta. Mi cara ardía, mi lengua parecía engordar. Las fibras de mi cuello crujían y el hueso hioides amenazaba con partirse mientras los temblores que se vertían por los brazos del hombre vibraban mi cráneo.

A mis espaldas, sobre el rugido de sangre en mis oídos, algunos miembros del círculo se desplomaban. Los brazos del hombre del trono perdieron agarre.

Conseguí pasar por mi garganta corrientes de aire, las suficientes para que mis cuerdas vocales, que sentía disolverse, me obedecieran.

—Todo reinado acaba.

Apuñé la capucha del hombre con ambas manos y tiré hacia su nuca, pero resistía como grapada. Insistí, y se fue despegando como una tirita. En mi vista vidriosa distinguí que unos filamentos pegajosos se estiraban del interior de la capucha de terciopelo, unidas a la cabeza, un elipsoide falto de facciones, negro como obsidiana pulida.

Sus manos aflojaron la tenaza en mi garganta y nuestras piernas cedieron. Mis vísceras se pudrían, y en mi cerebro, el veneno deshilachaba las sinapsis. Antes de que mi cabeza reposase en la hierba, la vista se abismó en una oscuridad.


 

Si te ha gustado alguna de estas historias, seguro que te gustaría mi primer libro, Los reinos de brea. Puedes añadirlo en Goodreads y/o comprarlo mediante los siguientes enlaces:

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